Tenes algo en el cachete
‘Hola Antonio, pasá nomás, sentate’ le digo, mientras cierra la puerta, su cuerpo de canto a mi, mirando un poco hacia la habitación y un poco hacia afuera. Cuando la termina de cerrar, su cuerpo sigue entornado hacia la salida usando una mirada metódicamente desconfiada para escanear la esquina mas cercana de la habitación, siguendo en sentido antihorario hasta cruzar mi mirada en un instante que corta rápidamente el escaneo invirtiendo su sentido.
Como de costumbre, no hablo. Con el tiempo agarré el hábito de esperar a que la gente hable, de forzar el silencio sobre ellos hasta que no lo puedan tolerar y empiecen a escupir lo que sea que tengan en la cabeza. Que curiosamente, en este tipo de situaciones, es particularmente útil porque la gente no ha sentido todavía por donde viene la conversación, y en un acto que perciben como empoderador, en general resulta en una subyugación de su leverage en lo que sea que se va a discutir gracias a una explosión de honestidad impulsada por el nerviosismo inducido por el silencio.
Con una mirada cálida, observo a Antonio mientras se pone cómodo en su manera tan particular, significando miradas desconfiadas hacia cualquier objeto de tamaño relativamente pequeño como adornos y algún otro tipo de parafernalia oficinista como mi tan preferido vaso portalapiceras (que ya descubrí que no se puede usar como uno usaría un vaso gracias a su innumerable cantidad de agujeros a lo largo de su cara lateral — enchastre). Camina hacia la silla y posa su mano sobre el respaldo. Mientras me mira por sobre mi escritorio percute un ritmo irregular sobre la porción de madera del respaldo. Hago un ademán con la mano izquierda, palma arriba, apuntando al asiento de la silla a la vez que inclino mi cabeza y levanto las cejas, mi mirada siguiendo la direccion del ademán. Dubitativo, Antonio corre la silla para sentarse, y se sienta.
Sé que con él mi estrategia silenciosa va a ser difícil, lo tengo presente. Hago un particular esfuerzo para no formular palabras en la batalla del silencio que nos lleva lo que parece unos pares de minutos, lo que me da la oportunidad para observarlo mientras sabe que está siendo observado, contrastando con mis prácticas usuales. Me doy cuenta que no hace la diferencia. Sus seguidillas de miradas erráticas e impermanentes hacia los objetos adornantes se ven interrumpidas por miradas meticulosas y duraderas a lo que parecería ser cualquier tipo de superficie horizontal y ocasionalmente a donde se encuentran las paredes entre sí o con el piso o con el techo. Por momentos comienza a acercar su cara hacia lo que sea que le interesa, hasta que algo le hace dar cuenta que lo estoy observando, mirandome fugazmente, vuelve a su posición de espera.
Este pibe me gana en mi propio juego; ‘Antonio, sabes porqué te llamé?’.
Muy desordenado para ser un jefe. Este tipo no tiene vergüenza, me llama vaya a saber para qué y ni siquiera se digna de ordenar, ni hablar de pegarle un trapito al escritorio. Las paredes ya son un caso perdido, y mejor ni me detengo en los sócalos, que en un vistazo ya se nota que estan llenos de una mezcla de pelusa y polvo.
Me pregunta si sé porqué me llamó y lo quedo mirando pensando en qué lo pude haber molestado. Ya varias veces me ha llamado a su oficina después de dar limpiezas profundas al cowork entero porque supuestamente “atento contra los limites personales” y alguna variante de la misma boludez. Para ser jefe parece bastante nabo en no darse cuenta de que si no limpio, la mugre que hace la gente queda ahí.
‘En realidad no, ahora cada vez que limpio, limpio mi espacio como usted me dijo que haga’, le digo esquivando su mirada.
‘Si Antonio, me parece perf–‘
‘…aunque en estos dias que no he limpiado imagino que se dió cuenta la cantidad de mugre que hace la gente, y lo poco que “limpia” el personal de “limpieza”.’
Julio me queda mirando callado, sonriendo un poquito. Ese tipo de sonrisas que te hace la gente cuando te quiere agarrar del cuello y zarandear. Que le pasa a este tipo? Creo que no le gustó mucho que encomillara la palabra limpieza con los dedos de mis manos. Las patas de su escritorio tienen pelusitas en el lugar que se unen con el piso. Será él el que se encarga de la limpieza de su oficina?
Después de unos segundos de silencio, lo rompe con ‘Antonio, ya hablamos de esto, la gente de limpieza hace su trabajo más que adecuadamente. Pero no es por eso que te llamé’. Sigo sin entender a este tipo. Un trapito húmedo nomás. Es lo único que se necesita para sacar esas manchas de dedos en su monitor. Pero no, se ve que es un esfuerzo muy grande. La gente me deja de cara.
Me imagino que debe ser por lo que pasó con Carolina, es lo único que tuvo a todo el mundo quemado conmigo por una semana sin que nadie me dirija la palabra salvo para preguntarme cosas del trabajo, y así con cierta prisa.
En su escritorio hay uno de esos amansalocos que tienen un estilo de felpa particularmente susceptible a acumular cantidades exhorbitantes de polvo. Me agarro a mí mismo con mi cara a pocos centímetros del dispositivo de estrés, y en el mismo momento Julio lo agarra, haciendo que se cree una nubecita de polvo, y dejando una estela cuando lo lleva hacia su otra mano. Se pone a jugar con la inmundicia esa como si fuera una pelota de tennis.
‘Antonio, ayer generaste una situación de violencia que es totalmente inaceptable en un ambiente laboral. Carolina quedó muy mal y asustada con lo que pasó. Dice que no quiere venir mientras vos sigas acá.’
Sep, me parecía. Cuánto escándalo que hizo igual, no era para tanto. ‘No fue mi intención hacerla sentir así, déjeme explicarle, ella tenia una mancha –‘
‘Ya me cansé de escuchar tus explicaciones Antonio. Nunca tienen sentido, y una actitud como la de ayer es injustificable.’ Sigo sin entender como este tipo puede ser jefe. Sus uñas asquerosamente largas deben de guardar unos cuantos gramos de mugre, andá a saber de donde sacó tanta.
‘Sos un trabajador de alto valor en esta empresa, quiero que sepas que una acción de este calibre es digna de un despido automático. Pero estamos atravesando un mal momento y te necesitamos. Asi que te hago una propuesta.’
Lo que??!! Piensa despedirme este hijo de puta?? Con todo lo que mejoré en esta empresa que se cae a pedazos? El código era un quilombo antes de que llegara y ahora todo corre fluidísimo , gracias a mí— ‘La idea es que vayas al psiquiatra una vez por mes para intentar mejorar tus actitudes con tus coworkers.’