Claudia la ceramicista

Un cuento cortito sobre una ceramicista obsesionada.

Claudia se levanta todas las mañanas y se arma un mate a lo argentina en su taza cuadrada, se acostumbró ya a tomarlo frįo, tereré, con un poquito de limon o naranja importados de Japón. 

Ella es una ceramicista, hace obras de cerámica y las vende a precios descomunales a gente que no tiene idea cuánto tendria que salir un bowl de ensalada. En su pequeno rancho a las afueras de Piriapolis, tiene su taller con un enorme horno de cerámica que usa para secar sus obras y que adquieran la dureza y la templanza necesaria para no desquebrajarse o dejar que el agua las destruya lentamente. En su taller uno puede encontrar varios de los elementos que tiene un ceramicista: esmaltes, pinturas, tierras y cerámicas de distintos tipos y colores. El único que no se encuentra es el torno, ella hace todas sus tazas y platos de forma manual, les da su forma imperfecta, de elipsoides, con sus propias manos.

Claudia siempre se sintió incómoda con el concepto de la circularidad, ya a una edad temprana le costaba escribir porque omitía el trazo de las "o". 

Comenzó como faltas ortográficas. Ella, mostrando ingenio a su temprana edad, sustituyó la letra por una raya horizontal. Allí fue donde los maestros se dieron cuenta de que no eran meramente descuidos sistemáticos de su parte, sino realmente una elección de no escribir las "o". Después de discutir con una testaruda Claudia de seis años, llegaron al acuerdo de que escribiría las "o" mas como un huevo acostado, como una elipse estirada en su horizontalidad. Fue entonces a los seis años que Claudia se dió cuenta de la utilidad de las elipses para evitar los tan molestos círculos.

No es que escribir sea de gran importancia ahora, ella no escribe en su mayor parte. Similar a muchos otros de por la vuelta cerca de Piriápolis, se niega a usar celular, pero por razones distintas. Con el celular sus "o" se ven forzadas a ser circulares.

Tiene dos hijas, pero no las ve mucho. Ya están grandes, dice. Una de once años y la otra de dieciocho. La mas grande se fué a vivir a Montevideo para estudiar ingeniería química, y la más chica vive en Piriápolis con el padre y su pareja. A Mara, la mas chica, la ve los fines de semana cuando ella la visita a su casa del campo, como le dice Mara. Claudia le repite cada vez que no es el campo de verdad, que la vida en el campo es mucho mas dura (pero no hace nada mas que hacer una canalizacion necroespiritual de su padre con ese tipo de comentarios: ella lo sabe y le molesta).

La mayoría del tiempo la pasa sola con sus cerámicas, dando algún taller cada tanto, entre episodio de manía y episodio de manįa cuando algun alumno le insiste mucho en conseguir un torno, o trae un molde circular para hacer platos perfectamente circulares. 

Episodio de manía es como le dicen los medicos. Claudia sabe que lo que sucede es que la sacan de quicio y la gente se empecina a imponerle valores estéticos que ella considera un afronte a cualquier sentido común. Los círculos son objetivamente vomitivos. Y el psiquiatra, para colmo, le quería hacer tomar comprimidos de vaya a saber qué farmaco, pero sí, imaginaron bien que la forma del comprimido no era un cubito.

Es por eso que ella terminó acá, dice. Los médicos no la hubieran dejado en paz si viviera en Piriápolis. Y ni hablar de que Mara le pedía todas las tardes de verano de ir a comer helados al faro, donde se empecinan a usar esas cucharas que sirven bochas de helados perfectamente esféricas en vez de ser gente normal que rasca lascas de helado con una cuchara ovalada normal.

En cierto punto en el liceo, Claudia anticipaba las clases de matemáticas y ciencias fįsicas con malestares estomacales y hasta vómitos, pero sus padres le obligaban a seguir yendo, diciéndole que era una pendeja caprichosa. Claudia siempre tuvo una mente muy brillante, y seguía las clases con interés, siempre y cuando no se hablara de círculos. Cuadrados, rombos, elipses, todo bien, pero a la mera mención de radios, la circularidad nauseabunda le penetraba el consciente y el inconsiente y se materializaba en toda su continuidad, ella terminaba en el suelo desmayada. Por un tema de seguridad los profesores, con el tiempo, comprendieron ésta particularidad de su brillante alumna, y evitaban la mención de círculos en todo momento, restringiéndose mas a los triángulos y a las funciones trigonométricas, a pesar de las quejas de los otros estudiantes.

Decidió dejar de ir al liceo cuando comprendió que pi no era únicamente un numero tabulado en las tablas matemáticas, si no efectivamente el cociente entre el radio de un círculo y el largo de su perimetro. Este episodio lo recuerda Claudia como un antes y un después en su comprensión de las reglas estéticas del universo. Fue un estilo de revelacion espiritual: el universo le estaba diciendo que, efectivamente, los circulos eran no solo desagradables, si no perfectamente desagradables. Y fue allí cuando comenzaron los problemas con los médicos y los psiquiatras.

Con la ayuda de su abuela se fue a vivir a un pueblito en Maldonado donde aprendió cerámica como oficio con Malva, una amiga de su abuela. 

- Te dejo a Claudita pero asegurate de no enseñarle a usar el torno, es lo único que te pido.

Malva entendió en menos de dos días porqué a la niña no se le estaba permitido aprender a usar el torno, y lo vendió. Mientras Malva le enseñaba a Claudia, y Claudia aprendía lo básico de crear vajilla con cerámica, Malva aprendía a no usar el torno.

Malva, dura como maestra pero generosa como figura maternal, le enseñó el oficio a Claudia de forma impecable, consintiéndola en sus preferencias estéticas más por evitar conflicto con la potencial letalidad de una adolescente enojada que otra cosa. 

A los veintiún años Claudia ya era una ceramicista excelente, en escultura abstracta y en objetos utilitarios, al punto de empezar a tomar encargos de los chetos que vivían sobre la ladera del cerro San Antonio. La nueva plata le permitió comprarse un ranchito cerca de lo de Malva, y con el tiempo, construir su propio taller de cerámica.

Claramente le costaba hacer amigos. Al momento de hablar con alguien, Claudia sabia que ella podía ser un poco rara. En varias ocasiones se encontró mirando con cara de violencia y anticipacion a cualquiera que dijera el número tres. Varias veces llegó a agarrar el objeto cortopunzante más cercano si alguno llegaba a decir "uno" y "cuatro" a continuación. Lo más lejos que llegó fue alguien que intencionalmente estaba tratando de recitar pi para hacerla calentar, y ella convirtió todos sus sentimientos de nauseas en violencia, enviándole una cachetada en la cara al gracioso y rompiendole la nariz y su propio dedo meñique en el proceso.

Seguido de esto fue la segunda intervención psiquiatrica imporante en la vida de Claudia, y a ella no se le escapaba que ambas visitas e intentos de engullir circulos para calmar su "obsesión" se desprendió de alguna manera u otra de la maldita cifra infinita.

Claudia se sienta en su silla en la mañana.  Ve que son las ocho en el display digital de su reloj. Mira alrededor y se siente orgullosa de su espacio, se siente en paz. Casi en su totalidad, los elementos de su cocina están hechos con sus propias manos en su taller, secados en su horno, esmaltados y pintados con sus productos, dispuestos meticulosamente en las paredes, en las repisas, en sus formas mas bellas, en su lugares mas útiles. Sus tazas, sus bowls, sus lavamanos. La abuela estarįa orgullosa piensa. Sale de su casa a caminar hasta la casa de Malva como de costumbre.

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