Aventuras psiquiátricas II

Salí del ascensor al primer piso de un corredor en un edificio de apartamentos Francés moderno, feo, de esos edificios que están hechos de papel. Tardé unos segundos en encontrar el 215, donde me esperaba mi psiquiatra. La puerta estaba entornada, sin cerrar del todo, supongo para dejar pasar a los pacientes sin tener que abrirla cada vez.

Empujé la puerta despacio, pero cedió con más fuerza de la que yo le dí; alguien la estaba abriendo del otro lado. Una ráfaga de olor a cigarro concentrado me pegó en la cara, volándome algunos de mis pelos para atrás. Cerré los ojos instintivamente de tan intenso que era el olor.

Ahí enfrente mío estaba el psiquiatra, un poco distinto a su foto de perfil en la página web de doctores.

Un tipo largo, flaco, con jeans desgastados y un buzo gris claro de manga larga. Su flaqueza orbitaba al punto de ser patológica, y su piel no parecía estar muy contenta en términos generales. Tan alto que no vi primero su cara, si no sus largos dedos llenos de puntitos marrones y negros, esqueléticos, con uñas largas y amarillas.

Moví mi mirada hacia arriba para ver su cara. Teía el tipo de cara que te hace acordar que adentro de cada saco de piel nuestro hay un esqueleto. Sus pómulos huesudos casi que se desprendían de sus cachetes. Una pajosa melena blanca radiaba desde el centro de su cuero cabelludo hacia afuera, desfiando la gravedad con su propia rigized. Su barba, igual de blanca, larga y seca cubría su cara. El único color en su barba estaba hacia la parte de abajo de su boca, donde los pelos se volvían negros y marrones.

“Bonjour” me dijo, y se dió vuelta en el pasillo, caminando hacia el cuarto que imaginaba sería el consultorio. Con el movimiento implica que lo siga, supuse.

Las paredes estaban pintadas de negro. Pobladas de estantes llenas de libros y porquerías. El olor a cigarro se empezó a aferrar a mi piel, mi pelo y mi ropa, y mis narinas no parecían empezar a acostumbrarse.

Caminé por el pasillo de paredes negras y alfombra oscura hacia un consultorio un poco más iluminado. Habían tres sillas, y una ya estaba en proceso de ser reclamada por el hombre. Su proceso de sentarse lo hacía parecer todavía más angular y huesudo de lo que era, con sus rodillas apuntando para arriba mientras se enterraba en su silla cómoda de consultorio psiquiátrico. No parecía muy cómoda. Y a mí no me esperaba nada mejor. De las dos que quedaban, elegí la que estaba más lejos.

El consultorio también tenía las paredes pintadas de negro, pero las ventanas dejaban entrar un poco de luz que resaltaban el polvo aventado por el aire de un ventilador del tamaño de una pelota de fútbol en la esquina del cuarto.

En esta habitación el olor a cigarro cambiaba a una mezcla entre cigarro y perro mojado. El ventilador no hacía la diferencia. Estaba húmedo y hacia un calor de la puta madre. París en verano.

“Bonjour, je m’appele XXXXX. J’ai lu sur le site web que vous parlez espagnol” le digo, tratando de escapar lo antes posible de entablar una conversación en francés. Todo bien para la vida cotidiana pero no con un psiquiatra.

“Si, claro”. Al verlo mover su boca, me doy cuenta de que el color negro alrededor de sus labios es saliva seca. Saliva negra que se escurre desde dentro cada vez que habla, que se deposita sobre su piel barbuda y se seca para dejar su rostro negro alrededor de su boca. Empieza a toser y se tapa la boca, pero me doy cuenta que no le debe quedar mucho por como suena la toz. “Lo siento” dice, con acento francés en español de España.

Inmediatamente me quiero ir. Desde dentro mío crece una sensación de malestar al ver a este tipo tan destrozado por algo, como si fuera contagioso. Pero no, me calmo, debe estar hecho mierda por el cigarro. Tiene las puntas de los dedos amarillas, con unas uñas extremadamente largas, pero limpias, dentro de todo.

Le explico que mi psiquiatra anterior es un imbécil y necesito que me prescriba el zoloft. Me pregunta que más estoy tomando y le digo clonazepam. No sabe lo que es. “Klonopin?” pruebo con acento francés y me mira con cara de que no tiene ni idea de lo que hablo.

Un psiquiatra que no sabe lo que es el clonazepam? De donde lo saqué a este tipo?

Hace un esfuerzo para levantarse de su silla , estirando su largura en forma vertical, y camina hacia una pila de libros desorganizada, o capaz que organizada para él nomas. Saca un tomo grueso que dice algo así como Psicofármacos 2013 y pienso la puta madre, diez años desactualizado.

Eventualmente encuentra el clonazepam y me receta lo que necesito. Al irme, bajo apurando el ascensor, abro la puerta, y salgo corriendo por el frente del edificio. Sigo sintiendo el olor a tabaco sobre mi piel dos días después.

A seguir buscando psiquiatra.


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